
PALABRAS QUE DUELEN.
Las palabras tienen un poder abrumador. La gente cree que las usa a su antojo, que son simples sílabas unidas y como no tienen un valor físico, no son una presencia tangible, su existencia carece de mucha importancia.
Pero la verdad es que las palabras hasta parecen respirar.
Cuando la palabra encarna una caricia, se convierte en portavoz de los amantes; a veces habla de amistad y forma una esponjosa sensación de gratitud y comodidad; y al ser maternal, la palabra lleva consigo ternura.
¿Pero qué pasa cuando la palabra duele? Cuando es dicha para herir esta entidad del habla también puede ser violenta, su forma agresiva más común es el insulto.
Un insulto no es simplemente llamar a alguien con un apelativo para molestarlo. Es algo más complejo, pues con el insulto se desconoce a existencia del otro, se descalifica y minimiza hasta hacerle desaparecer; una vez así, se trae de vuelta a ese otro pero con un rostro distinto, el rostro de alguien destruido y violentado. De esta manera, la palabra se convierte en una amenaza incluso para el cuerpo. Es un golpe, un rasguño cuyo dolor es profundo pero imposible de localizar y tapar con un curita.
La palabra en sí misma, no es malvada ni violenta, depende de un contexto para adquirir significados del estilo. Aún así hay palabras que llevan el sentimiento de desprecio latente; una vez llegado el momento, esa violencia despierta de su letargo y el uso dado al adjetivo le da la fuerza suficiente para lastimar.
Entonces se debe reconocer que el insulto es un acto patrocinado por el tiempo y el quehacer humano; pues esta el la única manera en la que el sustantivo puede obtener esa carga amenazante pero controlada hasta que es dicha.
Ahora bien, según María Inés García Canal, una autora cuyas teorías me parecen bastante lógicas y por lo tanto ciertas, existen tres destinos posibles para el insulto: Negarlo, aceptarlo con fe o aceptarlo con cinismo.
Cuando se niega el insulto, este obtiene poder sobre la persona insultada. Pues en el momento que se toma la palabra con aversión, tratando de alejarla del cuerpo, el mismo adjetivo se tiene como propio. Digamos que para negar ser algo primero se debe ser ese algo. No tiene sentido negar algo que no eres.
Por otro lado, al decir que se acepta el insulto, hay dos maneras de ponerse la etiqueta dada, una de forma culpable y llena de vergüenza, en la que el insulto cumple su objetivo de dañar y violentar igual que en el destino de negación, esperando poder cambiar el nuevo nombre.
Finalmente, el otro destino es la aceptación cínica del insulto, como si el objetivo de la palabra hubiera tenido éxito; sin embargo, el adjetivo pierde su efecto. Irónicamente cuando la persona se nombra a sí misma como quien lo insulta quiere, evita reconocerse de verdad con ese nombre. Confuso pero lógico cuando uno lo piensa.
Así que hay que pensársela dos veces antes de insultar a alguien y también antes de ofenderse por cualquier adjetivo. Si de verdad no importa entonces no hay porqué sentirse ofendidos, al fin y al cabo es sólo una palabra.
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